La Pizarra. Boletín Ditigal. Boletin Cultural de
la Biblioteca Municipal de
Pinofranqueado.

Noviembre de 2009
Nº 1.
Ayto. Pinofranqueado
BESOS COLOR CARMÍN.
 
Debajo del edredón estoy acostumbrado a encontrar de todo, desde un tanga recién olvidado, un calcetín o incluso el mando de la tele. Pero desde luego, encontrarme allí una boca perfecta, con los labios recién retocados y su sonrisa pícara, sobrepasó todas mis previsiones. Porque no solo estaba allí, acurrucada en una esquina sino que además, se atrevió a decirme que había venido a buscar el beso que se le había perdido por el camino.
Al principio no supe como encajar aquello. Pensé que era cosa de la resaca, que los más probable, me había excedido con la bebida y todavía la mente me jugaba malas pasadas. Además, sabía de sobra que lo mejor era no contar. Si ni siquiera abriendo mi corazón eran capaces de entenderme, si decía lo de la boca el edredón entonces sí iba a ganarme el mote de loco de remate.
Porque los amigos, esos que a veces llamaban para ver juntos un partido de fútbol o tomar unas copas, aprovechaban la mínima ocasión para ponerme en evidencia o para lanzarme sus pullas. Que con lo bien que estarías con una chica, que si ni siquiera las miras, que mira que eres duro de pelar.
No me apetecía justificar mi conducta. Vivía solo en esos escasos metros cuadrados de apartamento y todavía no se me habían caído las paredes encima. Sin embargo, ¿qué iba a hacer con esa boca que ya caminaba por el pasillo entrechocando los dientes, como dispuesta a hincarme un bocado en el trasero? Intenté ignorarla mientras la cafetera escupía el desayuno y untaba las tostadas con mermelada. Pero ella dio un salto y se sentó justo en frente de mí, dispuesta a que no me olvidara de su existencia. Me irritaba, ya te lo digo. Así que me armé de valor y ya casi seguro de que aparte del ron me había tomado alucinógenos a kilos, le pregunté ya con rabia:
 
- ¿Se puede saber qué coño quieres? - así, de malas maneras.
- Besarte - contestó sin inmutarse apenas.
-¿Y si no quiero? ¿No has pensado largarte de una vez?
Pero entonces no contestó. Cerró los labios y frunció un ceño extraño, como de decepción.
No me importó en absoluto. Yo no la había invitado y me hacía sentir incómodo tener visita non grata sin saber qué hacer para deshacerme de ella. Y para colmo, domingo. Pensé lo que solía hacer otras semanas y decidí no variar mis hábitos. Primero una ducha larga, después salir a comprar la prensa, el aperitivo en un lugar tranquilo, quizá a mi regreso, ya se hubiera largado de casa de desesperación pura. Porque había sido muy clara. Quería besarme. Con todos los respetos del mundo, me parecía una desfachatez. Sin embargo, si hacía memoria, de cuándo en cuándo estaba con alguna chica pero tuve que reconocer con tristeza que las quería. ¿Por qué? Quizá porque me asustaba que eso fuera el principio e algo serio, que ocurriera como la cenicienta y se rompiera el hechizo, que se desmoronara, mi mundo de chico solitario. En definitiva, que si dejaba una rendija entreabierta, se colocaría junto con el beso, el amor y se me tambalearía toda la entereza.
-Ja, ja - escuché a la boca partirse de risa. ¿Así que nos ha salido el chico duro de pelar? Anda, mira como lo hacen aquellos. ¿A qué es bonito?
Verás como si me besas, se te vuelve el mundo de colores. Dame un beso, porfa  - repetía cursi.
Pensé que a lo mejor las encuestas estaban equivocadas. Hablaban de la cantidad de parejas rotas, de hogares divididos. A fin de cuentas, yo lo constaba cada día en el despacho gestionando los divorcios y separaciones de bienes. El mundo no había dejado de tener solidaridad, solo que había que abrir bien los ojos para encontrarla entre las baldosas del suelo, bien sobre unos zapatos de tacón o sobre zapatillas.
 
Paré en una cafetería antigua y me senté a observar. La gente entraba en el campo de visión del escaparate y se perdía. Vi prisas, dolor, soledad, vacíos, oscuro y gélido, carente de esperanza.
Entre sorbo y sorbo de café, probé unos labios rojos que sonreían. Fue un beso apasionado, infinito. Perdí la cuenta del tiempo hasta que el camarero me advirtió que algún cliente había reparado en mí. El reflejo del espejo de la pared me delvolvió mi imagen con los labios recién pintados de carmín y ninguna compañía a mi lado.
 
Nunca supe si la boca fue solo un producto de mi fantasía. Apuré el resto del café, pagué la cuenta y salí con el periódico doblado bajo el brazo, con una energía nueva. Porque busqué esa boca en las miles de caras que se cruzaron en mi camino, seguro de que por un beso habrían dado cualquier cosa.
 
Autora: Lourdes Aso Torralba."